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Hace apenas veinte años, los teléfono eran casi exclusivamente para hacer llamadas. Hoy en día, cuando usas un teléfono inteligente, este te da consejos, responde tus preguntas e incluso te corrige de vez en cuando. Las herramientas que antes se usaban de forma externa ahora funcionan como una extensión de nuestra mente. Este concepto, llamado cognición extendida, y explica cómo la mente humana se entrelaza con la tecnología hasta el punto de que resulta difícil diferenciar entre el cerebro y la máquina.
Y no es ciencia ficción. Desde 1998, Andy Clark y David Chalmers sugirieron que los dispositivos pueden integrarse al pensamiento humano como una extensión funcional del mismo. No reemplazan el cerebro, pero lo potencian. En la actualidad, en el ámbito laboral, esta idea ya no es solo un objeto de estudio, sino una experiencia cotidiana.
En las oficinas actuales se puede observar claramente este fenómeno. Tal vez un jefe de proyectos en la capital no tenga en mente las fechas precisas, pero su agenda electrónica sí las registra. Una reportera no memoriza todos sus contactos: los encuentra rápidamente en su almacenamiento en línea. Un arquitecto emplea la inteligencia artificial para revisar numerosos diseños antes de elegir uno.
Cuando las personas trabajan con sus herramientas, no solo las utilizan: también las integran en su forma de pensar. En un mundo saturado de datos, nuestra mente delega responsabilidades para despejarse. Así como una calculadora opera con números y un GPS nos guía en la dirección, hoy aplicamos este principio a casi todo.
En el trabajo, la cognición extendida transforma la idea de ser “competente”. Ya no se trata únicamente de recordar información o ser rápido mentalmente, sino de saber articular la mente con la tecnología digital. Un experto en finanzas que emplea modelos predictivos, un médico que utiliza diagnósticos asistidos por inteligencia artificial y un diseñador que trabaja con software generativo son ejemplos de pensamiento combinado.
Los líderes que rompen esquemas comprenden esta relación simbiótica. Satya Nadella, CEO de Microsoft, habla de “inteligencia aumentada” en lugar de artificial. Elon Musk impulsa el desarrollo de interfaces que buscan conectar el cerebro con las computadoras.
En Latinoamérica, figuras como Andrés Barreto, quien participó en la creación de Grooveshark y Socialatom, promueven estilos de liderazgo en los que la inteligencia humana y el software se complementan. Estos líderes no se dejan arrastrar por la tecnología, sino que la orientan a su favor. La utilizan para mejorar el pensamiento, no para detenerlo.
No obstante, la cognición extendida también tiene un lado oscuro. Cuanto más se confía en los dispositivos, menos se ejercitan la memoria y la concentración. De acuerdo con un estudio publicado en el Journal of Experimental Psychology (2022), el uso frecuente de asistentes virtuales puede provocar lo que se conoce como “amnesia digital”, ya que el cerebro retiene menos información al confiar en la posibilidad de recuperarla más adelante.
En las familias también ocurre este fenómeno. Padres que utilizan aplicaciones para supervisar el tiempo que sus hijos pasan frente a la pantalla, parejas que organizan su vida mediante calendarios compartidos, amigos que se apoyan en mensajes para coordinarse. Siempre estamos conectados, pero la interacción mental directa se debilita.
Más que oponer resistencia, el desafío consiste en gestionar de forma consciente esta ampliación mental. Algunas prácticas pueden resultar útiles:
1. Crear áreas libres de dispositivos electrónicos, donde la mente opere sin depender de la tecnología.
2. Utilizar las herramientas como espejos y no como muletas, para potenciar la creatividad en lugar de sustituirla.
3. Valorar la reflexión pausada, aquella que no está condicionada por alertas ni fórmulas automáticas.
4. Enseñar a los equipos a usar la tecnología de manera ética y reflexiva, no solo instrumental.
Quien logre encontrar ese equilibrio tendrá una ventaja decisiva: podrá pensar con más recursos sin perder el criterio. Al final del día, sigue siendo la mente humana la que decide cómo utilizar la información, algo que, hasta ahora, ningún algoritmo puede replicar.